
En 1978, tras una frustrada integración en “Pompas Fúnebres Unidas” —una fusión de competidores del sector— decidió lanzarse a montar su propio negocio: Funeraria Apóstol. “No tenía ni un duro, solo un bajo en Santa Isabel y muchas ganas. Fui firmando letras hasta que me dolía el dedo”. Su primer coche fúnebre lo consiguió gracias a la confianza de un proveedor de Betanzos, después de que su anterior jefe interviniera para impedir la compra. Ahora, con el paso de los años, no duda en reconocer_aunque susurrando al micrófono_ que «le echó huevos» a su juventud emprendedora.
Pero ni las zancadillas ni los obstáculos institucionales lo detuvieron. “Hasta me denunciaron por usar el nombre ‘Apóstol’ en el nombre de la funeraria. Me fui directo al Arzobispado, y me dieron un certificado autorizando su uso. El ayuntamiento tuvo que darme el visto bueno”.
La empresa fue creciendo gracias al trabajo constante, el boca a boca y un trato cercano. “Gracias a la clientela y las amistades que confiaron en mí, Funeraria Apóstol fue ganando espacio”. Hoy, cuentan con cuatro tanatorios (Boisaca, Montouto, Bertamiráns y Barcala), 27 empleados y casi 1.000 servicios anuales. “El año pasado hicimos 928 velatorios sin contar traslados”, detalla.
Domínguez fue también pionero en introducir el concepto del tanatorio en la comarca de Santiago. “En los años 80 no había tanatorios aquí. Me fui al concello de Ames, y allí me facilitaron el terreno. En Santiago me lo echaron para atrás: compramos el solar, sacamos el permiso, y luego nos dijeron que tenía que ser municipal”. Años después, la ironía se convirtió en justicia poética: “Doce años atrás compré el tanatorio de Montouto a mi antigua competencia. El pequeño acabó comprando al grande”, presume con orgullo.